viernes, 28 de septiembre de 2007

Por Juan Diego Incardona


Tengo puestos dos ojos infantiles hasta que se haga de noche-
Solo en la terraza debajo del cielo simple de mi barrio
cuelgo pantalones y remeras que el viento pronto moverá-

Por las calles caminan inmigrantes en ambos sentidos-
El verano los quemará lentamente hasta hacerlos morir-
Broche a broche recogeré sus cuerpos del asfalto-

Manchas de aceite en la zanja
muestran el futuro en su lentísima dinámica
hasta que un perro callejero de repente
rompe el tiempo refrescándose las patas-

Las fábricas y los monoblocks de la General Paz
tiemblan por el sol y el horizonte es una patria
de espejismos caminada por gigantes.
Los árboles están al revés/las raíces al cielo/
las copas enterradas como muertos/
las hojas respiran el fondo de la tierra.

Un pájaro recién nacido recién ahora canta
sueños en sentido contrario que abren la puerta de casa:
mi sobrina Valentina corre como loca en su andador
sobre las baldosas del patio de mi gloria.

Hola Valentina,
vivís en un barrio que se llama Villa Celina,
en un país que se llama Argentina;
queda en América del Sur y está en vías de desarrollo.
La parte de abajo parece un zapato;
está pisando un piso de hielo
y el pie no tiene puestas las medias.
Tenés que prepararte anímicamente.

Es tarde,
el día se está dando vuelta;
yo sigo hablando,
no sé para qué,
debe ser por instinto
de conservación.

Mi nombre es Juan Diego,
soy el hermano de mis hermanas,
soy el hijo de mis padres;
solo en la terraza
cuelgo pantalones y remeras
que el viento pronto moverá-

Las palanganas,
vacías de ropa
gotean sin embargo
restos de agua
y la humedad va formando
manchas venenosas-